Originalmente, el término “México” hacía referencia a México-Tenochtitlan, la capital del imperio mexica. Con la consumación de la Independencia, el Congreso adoptó este nombre para denominar a toda la nación naciente, imponiéndose sobre otras propuestas como Anáhuac o América Mexicana.
En el español antiguo, la letra “X” representaba un sonido similar a la “sh” castellana (pronunciado “Méshico”). Con la evolución de la lengua, esta pronunciación derivó en un sonido gutural idéntico al de la letra “J”, aunque la escritura con “X” se mantuvo por tradición local.
La disposición de la RAE y la resistencia nacional
Durante el siglo XIX, la Real Academia Española (RAE) estableció una reforma ortográfica determinando que las palabras pronunciadas con sonido de “J” debían escribirse con esa misma letra, lo que obligaba a modificar el nombre oficial a “Méjico”.
Tras independizarse de España en 1821, la sociedad y las instituciones mexicanas rechazaron adoptar las correcciones ortográficas dictadas desde Madrid, conservando la gráfica tradicional con “X”.
Durante casi dos siglos, la RAE mantuvo la sugerencia de escribir el nombre con “J”, hasta que finalmente reconoció e incluyó la grafía con “X” como la forma recomendada y preferente en el ámbito hispanohablante.













